martes, 18 de marzo de 2014

Primavera con una esquina rota.

Quizá tenga razón. Todo este terremoto nos ha dejado incompletos, parcialmente vacíos, insomnes. Nunca vamos a ser los de antes. Mejores o peores, cada uno lo sabrá. Por dentro, y a veces por fuera, nos pasó una tormenta, un vendaval, y esta calma de ahora tiene árboles caídos, techos desmoronados, azoteas sin antenas, escombros, muchos escombros.

jueves, 6 de marzo de 2014


¿De qué color son las princesas?
Hablaban de sapos y príncipes azules, pero nunca nos dijeron de que color eran las princesas. Aunque ahora que te veo así vestida, no solo tengo la certeza de saberlo, sino que además, imagino como debería acabar el cuento. Y no, no empezaría con el típico "Erase una vez", porque tú no eres una vez, tú eres todas las veces y hasta las veces de las veces que no han llegado a ser, fuiste tú la que hiciste que no fueran al no ser esa vez que yo esperaba.

Tampoco creo que un beso te despierte, tú que cada vez que bostezas perviertes el aire con tu garganta profunda. Que en cada desvelo humedeces las sábanas haciendo que resbalen por la seda los osos polares de tu pijama para adultos. Tú que te diagnosticas insomnio si no duermes abrazada, que no desnudas tus pies de calcetines si no te lamen la piel antes del sueño. Tú que casi siempre extravías los zapatos de regreso a casa de esas veces que llegas antes de las doce del día siguiente y enfermas a esta ciudad de fetichismo irreversible. Ignorando que yo me como las migas de pan de tu camino porque no se puede estar perdido si tú estás cerca. Y así vestida... supongo que hay que ser un poco puta para que te llamen princesa, solamente un poco cabrón para croar en las charcas. A mí que el azul me sienta como un disparo en la nuca, que lo más cerca que estuve de la monarquía fueron aquellos seis de enero cuando una mentira piadosa era mejor que todas las verdades que me quedaban por descubrir. Ojalá fuera Caperucita la que esta vez tuviera hambre. Me digo a mí mismo mientras tus ojos juegan con el espejo del baño a ser la más bonita del barrio. Y lo eres. Claro. Y también el nunca jamás y este suspiro, la trenza donde se balancea mi futuro y Alicia sin reloj y sin paraguas, el as que le falta a mi baraja. La aguja donde se pinchan los globos que perdí de pequeño, el eco que nunca volvió cuando dije te quiero, el verso que nunca escribí por dolor y vergüenza. Pero nunca mía, eso eres, porque de serlo ahora mismo yo te estaría llamando amor y no princesa... y desde luego estaríamos hablando de otro cuento. Más acuático seguramente.

sábado, 1 de marzo de 2014

Me preguntan a veces que por qué no tengo novio todavía; y dicen que porque estoy muy enamorado. Pero tú ya sabes bien que no es así. No tengo novio porque no tengo ganas de tener novio; por pereza; por desgane; por aburrimiento. Estoy muy enamorado, pero eso no tiene que ver nada con esto. A lo mejor un día de estos dejo de escribirte. O te escribiré solamente cuando tenga deseos, necesidad de hacerlo. No me gustan los trámites, las fórmulas en el amor; no me gustan los compromisos; los juramentos. Si tú quieres escribirme -porque quieres escribirme- cada tres días, encantado. Si yo quiero hacerlo a diario, tanto mejor. Pero siempre la cosa espontánea y natural. Quiero ser libre dentro de esta esclavitud. Te quiero, sí, te quiero: pero a medida de que te quiero se me van haciendo innecesarias las palabras; tengo que saber que no es indispensable el decírtelo. ¿Comprendes? Si tú no fueras tú, no diría esto. Podrías salirme con que no te quiero, con que no te comprendo, con que no soy tuyo. Pero tú tienes que ser tú, diferente, exclusivo, único. Tienes que oír mi amor con su voz, tocarlo con su carne, aceptarlo como es, desnudo y libre.